Progresos mágicos

Algo más tarde amplió su corto repertorio con algunos juegos que le enseñó “el tío Higinio,”un buen hombre, encargado de encender y apagar el alumbrado de Saelices. Uno de los juegos era con cartas: dos ases que se perdían en el mazo por distinto sitio. Un pase mágico y… Perico y Frescales que era el nombre que le daba a los ases, aparecían juntos. “Perico y Frescales, como juntos los meto, juntos los saco. Perico y Frescales, como junto los meto junto los saco…” Así hasta que aparecía el primer as, y a continuación el otro. Después de mucho tiempo, supo la técnica empleada.

Otro juego fué, el conocido del palillo roto y recompuesto en un pañuelo. Dios mío, cuanto disfrutó con él y cuantas veces lo haría.

Dos palomitas
en un palomar…
Una se va.
La otra también.
Una ya vuelve.
Y la otra también.

Estos eran los versos que le enseñaron para realizar un jueguecito de Magia de cerca y que os cuento a continuación: Los dedos índices apoyados por sus yemas sobre el canto de la mesa y con unos papelitos blancos pegados a sus uñas. Se golpea con ambos dedos el borde de la mesa, mientras se dice: “Dos palomitas en un palomar… ¡Una se va!” Al decir esto, la mano derecha marcha hacia atrás para volver rápidamente, pero sin palomita en el dedo, quiero decir que el papelito ha desaparecido de la uña.”¡La otra también!” Ocurre lo mismo con el de la mano izquierda. “¡Una ya vuelve… Y la otra también!” De nuevo aparecen las palomitas en las uñas.

Por entonces su bagaje mágico era: una cuerda nada flexible, algunos guijarros, seis u ocho castañas locas, unas cuantas arzollas, un alfiler con los que se atravesaba antebrazos, labios, carrillos y garganta, el botón de la pelliza de su padre, el palillo en el pañuelo, y una baraja, si es que a aquellos cartones mugrientos y pegajosos, se le podían llamar baraja. Las conseguía de cartas sueltas que le regalaban en las distintas tascas: El Chusco, el Barajeño, Medina, etc, etc. Jamás tuvo una baraja completa antes de los diez años. Poco más eran sus utensilios para sorprender, pero lo conseguía. El mayor admirador era su padre, que lo cargaba al hombro para llevarlo por las tabernas y que los del pueblo supieran lo listo que era su hijo, al que hacia imitar a don Matías Prat, radiando el partido de fútbol: España-Turquía, de los últimos mundiales. A Pablo también le gustaba imitar… en realidad todo lo que olía a espectáculo, le fascinaba. Quiero contaros algo que ocurrió en un partido de fútbol en su colegio. Jugaban los alumnos de segundo grado contra los de tercero. Don Constancio que era el maestro, como dije poco antes arbitraba y nuestro mago haciendo de locutor en lo alto de la tapia que dividia el campo escolar de la huerta de don Mateo Pardo, con una altura “desde la cabina radiofónica” a las lechugas de unos tres metros. Con micrófono en ristre, (un bote vacío de tomate) al cantar un gol del equipo de Segundo grado…, pierde el equilibrio para tragarse todos los pepinos y tomates de la huerta, junto con el inalámbrico. El resultado fue, aparte del atracón de ensalada sin aliñar, una brecha en la ceja derecha con seis puntos de sutura y desperfectos en su aparato ortopédico que tuvieron que arreglar en la fragua de Teógenes.

Sus progresos mágicos lógicamente eran muy lentos, y eso que todo lo que veía o encontraba, inmediatamente lo asociaba a la Magia, y en muchas ocasiones le sacaba partido. No se puede entender tanta afición, sin libros donde leer, sin magos a quién imitar, en una palabra: sin medios. Pablo era consciente de todo esto pero se sentía un mago en potencia.

En las ferias de su pueblo, los jugadores de ventaja que como todos sabemos pululan, y de todo tipo, no lo querían ni como mirón. Y no lo querían por que observaba y estudiaba en exceso cualquier movimiento o finta. Gracias a ellos pudo añadir dos efectos más a los suyos: el “8” americano y la carteta. El ocho americano, que hoy considera uno de sus grandes juegos. Si, grande, ¿O es que no puedo llamarlo así por que sea suyo?… Bueno, suyo, lo que se dice suyo… El lo vió hacer a un jugador ventajista en su pueblo, con una edad que no superaba los once años. La única charla que le daba este tipo, para conseguirs unas pesetas, era así: -Señoras y señores, jueguen al ocho americano, que unas veces pierdo y otras veces gano… Jueguen al ocho americano… – Esto era lo que pregonaba reiteradamente. Dios mío, que forma de ganar. De vez en cuando, pero muy de vez en cuando dejaba la buena suerte al apostante, para al final dejarlo más limpio que la”espalda de un violín.” El no podía jugar por su edad, y por que también estaba limpio, pero se fijaba… ¡Cómo se fijaba!. Observaba todos los movimientos del cruce de la cuerda que formaba el ocho, sabiendo en todo momento cuando se podía ganar, y cuando se podía perder. (Que era casi siempre) En cuanto el tío (quiero decir el ventajista) colocaba el tenderete, allí estaba don Pablete, esperándole para ponerle nervioso. Una vez le preguntó: -¿Qué, chaval, de miranda? (Quería decir de mirón) ¡Aquí se viene a jugar!- le contestó que tenia mucha suerte el que no pudiera jugar, ya que el sabia como colocaba las cuerdas. No obstante el jugador le hizo algunas pruebas, quedando claro que el niño estaba en posesión del truco. Lo sentenció: -¡Chaval, como me entere que comentas algo, te soltaré dos host… ! – Dios mío, como para hacer algún comentario sobre el ocho! Lo estudió lo trabajó y ahora es un juego que le está dando fama y dinero. Bueno, dinero no y fama solo entre los magos. El Ocho Americano ya solo se parece al de aquel jugador, en el título.

EL CONO, era otro juego de ventaja que realizaba otro timador y que le llamó profundamente la atención. Lo vamos a intentar reconstruir a pesar de los años transcurridos. Consistía en un artilugio muy simple. Una mesa y sobre el tablero dos palos verticales soportando otro horizontal. Del centro de este último pende una cadena o cuerda con una pelota en el extremo. Y ya como utensilio final un cono de madera. El juego consistía en lo siguiente: Una vez hecha la apuesta, el timador desliaba la cuerda con la pelota que descansaba sobre el larguero y se la entregaba al apostante o mejor dicho al “pringao”, con el fin de que con ella derribase el cono que se encontraba justo en el centro de los palos. Se lanzaba suavemente la pelota, para que al regreso derribase el cono. Solamente se ganaba si este caía en el regreso. Se perdía si se derribaba a la ida. Y también si no se conseguía a la vuelta. Así viendo perder a sus paisanos, Pablo, descubrió el secreto o la trampa del SINVERGUENZA. Sin decir nada y después de ver al timador hacer la prueba que siempre realizaba para demostrar como el cono se podía tirar fácilmente, Pablo le dijo: -No cuelgue la pelota que quiero jugar yo. – A pesar de los ruegos de que no colgara la pelota en el palo, la colgó, descolgándola acto seguido para entregársela. Nuestro hombre continuó: -Ahora apuesto doble contra sencillo que no tiras el cono.- Contestó Pablo: Naturalmente que no. Al descolgar la pelota has alterado la posición de los palos. Sé vio cogido, y en represalias le dijo lo mismo que el del Ocho Americano. El truco consistía en los palos: Cuando él tiraba la pelota, el centro de gravedad caía sobre el cono. Pero cuando solicitaba tirar el incauto, al descolgar la pelota, desviaba ligeramente los palos para que el centro de esta no cayese directamente hacia el cono. De ahí que si no lo derribabas a la ida, menos se consigue a la vuelta. Resumiendo que el secreto estaba en la posición de los palos que el “jeta” colocaba a su conveniencia.

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